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EL AGUASCALIENTES DE AYER

La Columna de la Plaza Patria

 
El señor Antonio Santos Rivera tiene actualmente 83 años de edad y aunque para muchos, sus mejores primaveras han pasado, no es difícil encontrar en él la fuerza y la energía que a muchos de los que nos consideramos jóvenes nos hace falta; no es para más, el señor Antonio no solamente mantiene en su carácter la disciplina, la responsabilidad, la solidaridad y sobre todo, la sencillez que desde niño su madre le inculcó como valores, sino también un enorme cúmulo de experiencias que atesora consigo desde que le tocó ir a trabajar como bracero a los Estados Unidos y que complementó con su eterna afición al baile.

El señor Antonio Santos se desarrolló en un núcleo familiar compuesto por su madre, su hermana y él, en el cual, creció hasta que a la edad de 27 años tomó la decisión de abandonar su actividad de herrero para repetir como su padre (mientras él seguía siendo aún un niño) y seguramente como muchos de sus amigos en su época, la experiencia de buscar nuevas y mejores oportunidades en los Estados Unidos.

Don Antonio recuerda con agradecimiento al señor Rafael Prieto y al señor Gregorio Ruiz con quienes trabajó, pero también como una dificultad los 90 centavos y los 18 pesos que ganaba semanalmente y con los que no solamente tenía que costearse sus gastos, sino también los del hogar que al parecer su padre olvidó poco después de haberse convertido en un migrante bracero. De éste jamás se volvió a tener noticias.
Así, don Antonio Santos acudió un día a la colonia Gremial, donde se contrató por primera vez. El proceso por el que pasó, los exámenes médicos a los que fue sometido, las imágenes de los furgones de carga del ferrocarril en los que fue trasladado hasta El Paso, Texas, las grandes barracas en las que compartió habitación y en las que hizo y convivió con amigos que aún hoy conserva, siguen presentes en su memoria.

La incertidumbre de que vendría después nos dice Don Antonio, nunca le causó temor; no así la idea de no poder encontrar a su madre con vida después de cada uno de sus regresos. Como bracero conoció los estados de Maine, California, Texas, o al menos esos son los que por el momento recuerda, y en estos lugares las difíciles labores de la pizca del algodón, la mora, el espárrago y el brócoli fueron las que le permitieron juntar el capital necesario para comprar a su regreso definitivo su casa, labor que en el caso del señor Antonio podría considerarse titánica, pues sin el apoyo de su última y actual esposa, la señora María Dolores Hernández Esquivel, esto quizá no hubiera sido posible. Sus patrones, nos cuenta Don Antonio, siempre le tuvieron aprecio.

Don Antonio se enorgullece y se precia de ser un gran bailarín, pues no cualquiera domina, aún en sus mejores tiempos, ritmos como el Rock and Roll, el Danzón o aún muchas de nuestras danzas tradicionales indígenas, por las que a lo largo de su vida ha obtenido reconocimientos en nuestro país y en el extranjero. Sus mejores experiencias y premios a su afición comenzaron a tener fruto mientras se encontraba trabajando en el estado de Texas, donde para divertirse acudía en compañía de sus amigos a los concursos de baile; aún hoy y con una expresión picaresca, Don Antonio se recuerda arriba del auto Ford 49 cuyo costo fue de 64 dólares, que por la cooperación de todos sus compañero, adquirieron para causar sensación a su paso y llegada a los sitios de baile. Ahí fue donde Don Antonio ganó uno de sus primeros lugares, luego en el gran Salón México tuvo la oportunidad de repetir este reconocimiento, aunque claro esta, con Danzón.

La habilidad de Don Antonio tuvo grandes maestros, Gustavo Pimentel, Luis Arcaras, Perez Prado, entre otros, aparecen entre sus relaciones directas e indirectas. El reconocimiento de Amalia Hernández y haber hecho presentaciones ante el Obispo de la Catedral de San Patricio en Nueva York, por mencionar alguna, o haber confeccionado trajes típicos indígenas que en su momento la señora Leticia Guel envío al presidente Nixon, son otros de los recuerdos que Don Antonio tiene. Don Antonio dedica ahora la mayor parte de su tiempo a sus dos amores: su familia y el baile.

Después de haber sacado adelante a sus seis hijos, se prepara para el siguiente concurso de baile, son varias las etapas, pero confía en que bajo su dirección él y sus compañeros lo harán muy bien y quien sabe, quizá el destino y el esfuerzo lo lleve a pintarle una mancha mas al tigre.
 

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